A Juanito las mates no se le daban. Quiso acabar con esa repentina impaciencia que le da a los jóvenes y que les impide resolver ecuaciones de tercer grado.
Es por eso que contaba las vueltas de la noria en las fiestas de su pueblo, sumaba y restaba constantemente el ganado que pasaba frente a su casa y dividía por cuatro los polvos que decían que habían echado los del pueblo de al lado cuando jugaban en el frontón al fútbol. Entre recoger la uva y los números de uvas, racimos, vid y viñedo, entre comprobar una y otra vez a Fibonacci en los pétalos de margarita, entre saber que entran dos pero salen tres, se le fue todo el verano.
Cada cual tiene su despertar a la madurez. Y la madurez de Juanito llegó en un 2 por 3. Y no por que supiese de integrales al final del estío, ni siquiera porque hubiese desvelado el secreto a gritos de que la cooperativa comarcal exportaba a unos precios de risa. Fue porque folló. Folló como nunca antes había follado con su mano. Folló con Lidia en las eras y el descampado, folló en el parque y en la cocina, folló con la desmesura del que no se siente en deber ninguno. Folló oyendo respirar al suelo con sus hormigas y sus malas yerbas, folló en los bancales que escalonan las montañas, folló con gritos a lo largo del valle y silencios que dejaban escuchar todo lo que dos montañas pueden decir. Folló en esas tardes de río y sombra, folló después de comer con el sol haciendo hervir las jaras, folló con el dedo en el único billar del pueblo, folló con el primer vuelo del murciélago en las tardes de aquel verano.
Folló viendo pasar cifras, calculando distancias y sabiendo que los espasmos al correrse siempre dan números primos.
Juanito folló hasta sacar un 10 en matemáticas. Y cuando al preguntón de la clase le dieron la misma calificación, hizo un pequeño paseo triunfal del pupitre a la puerta, con su polla por delante, contando los pasos en metros, las pulsaciones de su corazón en su camiseta y los centímetros que se abultaban dentro de su bragueta.
La fábula del enemigo doméstico no es fácil de contar, sobre todo ahora que hay luz eléctrica y los niños duermen con dardos paralizantes en sus semiautomáticas de plástico recortado. Se tiene que contar a pesar de que la claridad aceche desde los códigos de barras y de que del hilo musical lleguen los aullidos del verano. El enemigo doméstico es un enemigo natural y por ello incierto. Un terror de primavera, una sombra al otro lado de la calle 42 que se atisba a través de unas lamas rosáceas donde se acumula el polvo de toda Minnesota. El enemigo doméstico duerme en las fechas de caducidad, en los enchufes deslabazados, en el cuarto peldaño astillado, en las llamadas nocturnas, en las cuchillas de afeitado. Silba un segundo antes de aparecer y tras de sí deja los oídos taponados. El enemigo doméstico es denso y viruláceo, como el gel verdoso sobre el suelo del baño. Es el antagonista de las mañanas de zumo de naranja y mujer con albornoz algodonado. Interrumpe las siestas de olor a lavanda. Taladra el cráneo apeluchado del osito Winnie. Oxida el chupete de tu niño. Hierve el agua, rompe el grifo, centrifuga a velocidad de espanto. Muere el gato, desenrosca tornillos, mueve bisagras, asa el pato. Si quiere, es del color del butano. Afila alfombras, rompe muelles, quiebra espejos, cabe dentro de un vaso. Si quiere, puede adoptar la forma del vecino de abajo. Si quisiera, podría tener hasta cuarenta pollas y tres mil dientes. Se cuela por el quicio de las puertas como el humo de un incendio no silenciado. A veces lo traes de la calle, junto a la mierda en los zapatos. Penetrar es su verbo, el sigilo su discurso, lo inmortal su naturaleza, el filo su silueta, sus ojos tus ojos, la herida su trono y la agonía su politono. Se vertebra leñoso, amenazante, como si las raíces de una higuera emergiesen bajo tu cama. Se levanta como un insecto, como un hombre disfrazado, como un filamento que rompe el aire y en un zigzag te ha desnudado. Nace en la miseria de los hombres, de su empecinada voluntad por seguir vivos, como si ningún Sileno gobernase el mundo, como si no hubiese fin para tanto desdichado, como si no hubiese más horcas para tanto cuello huesudo, ni más navajas para tanta vena, ni más pastillas para tanto píloro dilatado, ni más pistolas para tanto seso blindado. Como si no hubiese muerte más allá de la vida sino más vida y más vida, salvo por una avecilla que canta el albor y que la mata un ballestero al que se le da un galardón. Enemigo doméstico, animal salvaje, entre las latas de Fanta, lamiendo el blíster de las pizzas de Casa Tarradellas, sumergido en las breves piscinas densas del paté La Piara, adueñándose de todo el glutamato. Anidado entre las cedras del cepillo de dientes, junto al moho, la carne y el Colgate. Colgando como una araña del marco de la ventana, plano y vil entre los lomos de los libros de poesía de experiencia de inexperiencia. Todo el universo cotidiano dibuja una palabra que se ve desde la luna, como la muralla china y las minas de Río Tinto, una letra en cada meridiano, con pulso de temblor se advierte PELIGRO. PELIGRO es la palabra inútil que domina el globo terráqueo, PELIGRO es la dominación, el PELIGRO es subyugante, PELIGRO rezan los altares, PELIGRO flotando sobre un océano de MIEDO, PELIGRO en el embrague, PELIGRO en el tabaco, PELIGRO en las aceras. El enemigo doméstico es como el gusano de Dune, y ha ido tejiendo galerías hasta escribir el vocablo. Haciendo su madriguera en el punto de la i, un túnel ramificado que llega hasta el centro de esta pelota azul y verde y acero. El enemigo doméstico está en tus calzoncillos, amigo. Está en tu maletín del trabajo, en tu Viagra, en Telecinco, en la albóndiga de tu abuela, en tus huesos de titanio, en el péndulo del reloj que domina el salón, en tu novia, en tu hermana, en el carbohidrato. Pero esperad, aún la fábula no os la he contado. Dicen que se reunió un ejército de hombres, gentes del sur y del Pacífico, gigantes de las montañas nevadas, perros de las estepas siberianas, lanzas con las puntas fraguadas en los hornos de Vulcano. Hombres robustos del norte, con el corazón como tabaco de mascar, hombres que habían nacido de árboles, hombres que no necesitaban agua, hombres que no llegaron ni pronto ni tarde, sino en el momento justo en que no había nadie. Dicen que el ejército lo encabezaba un minotauro melancólico, un ser al que guiaba la luna, con la cornamenta hecha de diamantes opacos. Destruir al enemigo doméstico era su misión, era por lo que aullaba a la noche y encabezaba el batallón. Y al atardecer del sexto día, el enemigo relampageó. Como un mechero Bic, como una linterna de un led, como esa lucecita intermitente y roja que brilla en mi Ford Fiesta y que parece un antirrobo pero en realidad no engaña a nadie. Emitió cuatro hondas cortas, como un morse de advertencia, como un faro que dice mira-no-te-acerques-que-van-a-llover-hostias. Los hombres se quedaron parados, pues esperaban fortalezas de amargura, océanos de dolor, mil infiernos de tragedia, enjambres de manadas de estampidas de marabuntas de tormentos. Y sin embargo una luz, una pequeña luz, como la del stand by de mi televisor, como la que parpadea cuando cargo mi IPoD. Sólo el comandante reaccionó, dirigiendo sus cuernos hacia aquel pequeño atisbo de presencia. Sus pezuñas se clavaban sobre la tierra con la fuerza de mil bueyes, y corriendo se perdió en la espesura de la noche. Nadie jamás volvió a ver a aquella fuerza de la naturaleza. Pero yo estoy seguro de que fue ese hijo de puta el que me robó el Ford Fiesta.
Ghilblerstromfss bebió cerveza, por eso no terminó de entenderse bien su nombre. Realmente ya no hacía gracia que su corte de pelo siempre fuese acompañado de un "¿has-metido-los-dedos-en-el-enchufe?-ja-ja-ja". Así que decidió cortar el discurso de raíz y salirse por la tangente. En este caso "La Tangente" era como apodaba a su Mágnum, y se puede asegurar que las balas no estaban hechas de perífrasis ni circunloquios, ni otra forma factible de alargar discursos innecesarios. Era sacarla y se cambiaba de tema, oiga. A pesar de todo le abrió concretamente un circunloquio de un palmo en el pecho al tipo que estaba a punto de abrir la boca mientras mantenía un ademán con sus dos deditos como para sumergirlos en una toma de corriente imaginaria. El pavo salió tan despedido, que parecía que nunca iba a cobrar el paro. La Tangente humeante tuvo como un pequeño escalofrío y acabó de acomodar el tambor para el siguiente monólogo. En aquel bar no era normal escuchar razones tan poderosas ni frases tan claras y concisas.
Pensar que las cosas buenas van y vienen como si fueran los pescaditos que te besan las piernas cuando avanzas en el agua, justo después de pensar lo fría que está, exactamente después de tomar la decisión de empezar a mojarte el bañador, es casi imposible. Y es imposible, porque la misma práctica de pensarlo te llevaría a darte cuenta de lo clara que está el agua, antes incluso de empezar a girar el mecanismo sináptico sobre las cosas buenas que van y vienen. Porque a tu hermanita, que juega con el cubo en la orilla, le dices que venga a ver los pescaditos que te besan las pantorrillas, porque pensar lo clara que está el agua es un fenómeno corriente sobre el que todo el mundo tiene derecho de palabra y lo ejercita a la más mínima ocasión, porque las cosas buenas no tienen el mismo índice de refracción que tus piernas bajo el agua y por lo tanto no son tan curiosas de observar. Y porque las cosas buenas son las que en realidad te instan a ver más allá, y buscar un pez más grande, para divertirte aún más, asombrarte y enarbolar este asombro como conquista ante tu hermana, que aún le queda todavía bastante para llegar hasta ti porque ha corrido a ponerse los manguitos y tu madre se ha empeñado en protegerla aún más con su leche materno-solar. En ese momento, las cosas buenas están muriendo en la orilla, aquí, en Cádiz, y en Palm Beach si me apuras. Pensar en ello es imposible, porque ya estás corriendo hacia el límite del mar, para construir una gran muralla que contenga toda el agua del mundo. Tu hermana, nívea Nivea, no se pregunta para qué se ha puesto los manguitos, ella cree que eres el umbral de las cosas buenas, y es más idealista aún que tú, pues con unas manos más pequeñas quiere construir algo más grande. Pensar que las cosas buenas van y vienen sería un fenómeno imposible si sientes la impotencia de acorralar los océanos, y ves cómo una simple marea destroza tu sueño de construir un Polaris World de arena fina. Luego, de vuelta a casa, la menestra revienta tu consideración de las vacaciones. Mañana tampoco iréis al AquaPark. Tu hermana duerme en la cama de al lado, con una felicidad que inunda la habitación como el olor a mar. Oyes unas risas en el salón comedor, a ratos de la tele, a ratos de tus padres. El sueño tiene forma de gafas de buceo. Pensar entonces que las cosas buenas van y vienen sería demasiado cerebral para la fase R.E.M., y ya montas a horcajadas sobre dunas de subconsciente. Ya es tarde. Tus padres han apagado el televisor y tu hermana respira con profundidad homogénea. Las cosas buenas siempre han estado ahí, a pesar de que las moralejas siempre me hayan parecido un fracaso narrativo pero ardiendo en deseos de volver a tocar esa playa.
Déjense ya de melancolías de trece carriles, aléjense de los viñedos de mala uva, métanse el temperamento en el grill, lubriquen la lengua con solución jabonosa de Aloe Vera, desenrosquen un paraguas de incendios, exploten sus granos de espuma, junten verbos y naipes, cigarrillos con cilantro, háganse un traje con los bitácora de mil marineros, lleven siempre un revólver en la funda del portátil, lávense los dientes con la arena de tres desiertos, descorchen libros en la sala de espera de cualquier aeropuerto. Aparten a sus mujeres del deseo. Y perdónenme esta última frase, que no tiene ningún sentido.
La llamé Dora desde el principio. Así me la presentaron. Yo no hablaba japonés y ella había aceptado el sobrenombre, como se acepta esa coletilla insidiosa y perenne que exclama todo el mundo al ver tu carné de identidad: «pareces un terrorista». Te ríes de mala gana, lo entiendes y rápidamente pasas a otra cosa mariposa (otra coletilla, posiblemente del mismo año en el que pusieron por primera vez los carteles de etarras en las estaciones de autobús).
La conocí en la fiesta de un amigo, un amigo vasco y mariposa, para más INRI (siglas con las que por mucho que lo piense, jamás me saldrá un acróstico serio). Yo tomaba el cuarto Gin Tonic y ella un dedo de cerveza con diez manos de gaseosa. Cuando acabé el vaso ella me pidió que le diese la rodaja de limón. Ese gesto tan repulsivo de meter los dedos en el alimento de otro (que lo hace mucho un camarero de mi pueblo cuando sirve los platos de sopa con medio pulgar dentro) se convirtió en mi sensación de la noche. Aflojó su moño sacando dos palillos lacados y con la rapidez de una cobra me quitó el limón, un hielo, el cigarrillo que tenía en los labios y luego el aliento con un beso. A mí los movimientos rápidos siempre me han jodido un montón, a no ser que desencadenen algo totalmente inesperado (confieso que veo el programa de Arguiñano para ver si la celeridad con que corta los pepinos se mantiene alguna vez hasta el metatarso). Y aquel beso sí fue una sorpresa, por el beso, claro, y porque desencadenó una auténtica catarata de pelo liso que cubrió su espalda y parte del sillón donde estábamos sentados. A mí la combinación de pelo y labios nunca me ha gustado, por eso Dora me encantó, pues ambas cosas estaban lo suficientemente separadas la una de la otra. Aquella noche nos besamos tanto que acabé con los morros cargados de electricidad estática. Dora conocía todos los monosílabos del diccionario español, así que nuestra relación durante el primer mes fue intensa, absoluta, irreductible. Nos reíamos y nos besábamos, nada más, sólo eso, tan solo eso. Comencé a desechar la noción de amor que había aprendido en los poemas y en las películas y comencé a adoptar la de los Teletubbies. La trascendentalidad de los momentos dejó de pertenecer a oscuros rincones del sentimiento y se difuminó en el aire que respirábamos. Todo adquirió la consistencia de la nebulosa, de lo insustancial, de lo etéreo y translúcido pero atenazante, ambiental, atmosférico. Fue como si nuestros cuerpos desnudos nadasen en una piscina de algodón. Fue un mes de paseos al lado del río, paseos por la ciudad antigua, paseos por el arrabal, paseos de acompáñame a comprar tabaco, no ve tú que no me apetece, venga tonta, bueno vale.
Luego ella se fue a Tokio, según decía, a ver a su familia. Pero yo siempre pensé que era para poder comer pescado fresco con un poco de dignidad. Aquí en la península esos productos escasean. Días interminables sin oler su pelo. Fue como descender los siete infiernos de Dante pero rapelando con cuerda y arnés. Fue acostarme llorando y levantarme llorando, a las 8 a.m. concretamente. Así durante una semana. Luego llamó. Al otro lado del teléfono se oyó
-Ven ya
-¿Dora?
-Sí
-¿Eres tú?
-Sí que sí que.
-¿Quieres que vaya?
-Sin ti no soy yo, soy un pez sin mar, un Dios sin ser, flor sin luz, voy sin ton ni son. La sed de ti es muy. (Uno comprende con el tiempo que el amor no es esdrújulo y que todo se puede decir con monosílabos, igual que todos los besos del mundo pueden caber en una bañera. No hay tamaño para esas cosas).
Quedamos en vernos en el meeting point del aeropuerto de Tokio el 25 de junio, a las 18:05. Comprando el billete con sólo una semana de diferencia me gasté el dinero de la universidad de mis hijos (medida económica americana plenamente aceptada y cuya equivalencia española es "un Congo"). Traté de buscar por todos los medios el trayecto aéreo de España a Tokio, pues todas las noches me asaltaba la pregunta de si tiraríamos hacia la izquierda o hacia la derecha. Mi estómago es delicado y aunque los Gin Tonics no le afecten, sí lo puede hacer el efecto Coriolis.
La azafata tenía pintados los ojos con los colores de la compañía aérea. La sopa liofilizada estaba de rechupete. Casi consigo que me dejen ver la cabina y que me den una piruleta. Yo en el aire soy como un niño. Un niño bastante cabrón, como se pudo comprobar en el vómito del pasillo.
Llegué con media hora de adelanto al punto de encuentro y me puse a leer a Proust. Cuando llevaba diez hojas en las que el personaje se ha abrochado el cinturón, levanté la vista y la vi. Y tres pasos más allá, la vi también, Y la vi tomando noodles en la cafetería, y la vi despachando billetes, y también salía del baño, y Dora subía por las escaleras mecánicas, y otra Dora bajaba, y había una Dora pasando una pulidora, y una Dora con cinco maletas de equipaje, y una Dora con un caniche horrendo. Había muchas Doras, tantas Doras, demasiadas Doras, todas Doras, todas iguales.
Aquello, lejos de identificarlo como una paranoia visual motivada por un sentimiento eufórico de deseo, de afecto, de necesidad y de querencia, vino a sumirme en una de las más deplorables incógnitas que han socavado el espíritu humano desde que el hombre es hombre y a ti te encontré en el rastro.
La incertidumbre de no saber por qué cojones se hace lo que se hace.
Si el objeto de todos mis desvelos, si la persona por la que sentía un amor que podría cuantificarse en campos de fútbol (medida televisiva utilizada para saber las hectáreas de terreno calcinado, la cantidad de espacio que ocupan todos los veraneantes en la playa de Benidorm y la suma de superficie arrasada del Amazonas), si lo que yo indentificaba como único no era en absoluto identificable, ¿qué coños hacía yo allí, sin saber qué buscar, y sin saber siquiera si ya lo había encontrado?
Agarré la mochila de mano, el tomo de Proust que pesaba como un armario ropero lleno de naftalina, me di la media vuelta y comencé a andar por aquel pasillo abrillantado, viendo mi demolido reflejo entre los huecos que dejaban los pies de la muchedumbre y los bólidos Sansonite.
Las cámaras de circuito cerrado debieron de captar cómo mi patética figura se desvanecía errabunda entre la masa cinética de viajeros. En el hilo musical sonaron primero unos golpes de percusión, luego entró el bajo, luego los platos de batería y finalmente la voz de Françoise Hardy sin saber exactamente comment te dire adieu.
Era difícil saber dónde acababan sus patillas y empezaba el pelo del pecho, parecía Willy Fog el muy cabrón. 80 días nada más para dar la vuelta al mundo, en barco, en elefante, en tren, ven, con nosotros ven. Se preguntó si el estribillo cabría en una chapa. Quizá en una chapa del tamaño del posavasos, quizá tatuado en espiral sobre los pezones de la camarera, eructó. Metió el dedo hasta el hombro para remover el Gin y luego se lo chupó hasta el codo. Puso la boca así, como si fuera a beber. Y bebió. La barra estaba lacada, como todo mobiliario de último lustro. Mesa lacada, sillas lacadas, puertas lacadas, pollas lacadas. Todo falsamente macizo, todo deslumbrante hasta que descubras que el futuro no vendrá a la barra de este hotel porque esta vez se fue con él. Nadie sabe con quién, lo único de lo que estaba seguro es que el futuro no vendría. Eso suponía suficiente tiempo como para acabar con todo lo que tenía cuarenta grados detrás de la barra. Una mosca atusándose el alero. Como preocupada por repartirse homogéneamente la mierda. Intentó cazarla pasando la mano rápidamente sobre ella, cuando se le escapó intentó cazarla al vuelo, luego se volvió a posar e intentó golpearla como a una chapa en el patio del colegio, y luego intentó dejarla encarcelada dentro de un vaso de tubo. La infructuosa cacería duró tres semanas, medido en tiempo mosquil (hostias, word acepta la palabra mosquil, sin subrayarla en rojo ni acentuando tu ineptitud prosaica. Ineptitud tampoco la subraya, pero me la pone en versalitas, verde flúor y con iluminación estroboscópica). Se echó unos dardos mentalmente. Todo triples. También se jugó mentalmente un billar y metió la negra sin querer. Dos chicas guapísimas al otro lado del bar, tan lejos como de aquí a Lima. Se las oye hablar de un Paco, de un Jose, de un Julio y de un agosto. Tienen dos paquetes de Nobel, una taza seca de café y un vaso con hielo y laminilla de limón. Tienen toda la vida por delante y muchas navidades para engordar. Entorna los ojos, le parece que una de ellas tiene la cabeza jodidamente desmesurada. Cuando certifica que es así, deja de mirar porque le da vergüenza. Se mira los nudillos, los pelos del brazo y se toca el bíceps sacando bola. Hace como que se rasca el sobaco para que el olor se quede en los dedos. Hace como que se rasca el bigote para olerse los dedos. Hace como que se rasca la barba, el mentón y el cuello, para obtener un óscar a la disimulación. Parece que suena Patty Smith. Es imposible, Patty Smith no puede sonar en ningún lado que tenga más de un foco de luz, y el puto bar tiene treinta halógenos por metro cuadrado. Mira al monstruo de cabeza desproporcionada de refilón. Aquello va en aumento. Se dirige al baño con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Mientras mea lee: "mamón, quisiera serrarte el cúbito" sobre un azulejo. Se lava las manos y sale con ellas mojadas, haciendo aspavientos para que se sequen y para que todo el mundo vea que se las ha lavado. Se sienta y se las seca en el pantalón. Todo forma parte de una pantomima que hace tiempo que no se revisa ni se actualiza. Pide otro Gin. Es el sexto. Le gustaría anotar lo que ha leído en el baño, pero nunca tiene ni papel, ni boli, ni demasiadas ganas, ni inspiración, ni palabras, ni esperanzas, simplemente le gustaría escribir una buena historia algún día, una historia de esas con pistoletazo de salida, como una carrera de fondo, una historia simple, blindada, absoluta. Muere antes de que el hielo le toque el labio superior. Cae fulminado golpeando la mandíbula contra el bisel lacado. Su corazón explota. Así de simple, así de llano. Y su cadáver queda tendido entre palillos y servilletas.
Hubo una vez una historia más triste. Trataba sobre un niño, un balón, un pozo profundo y oscuro, no sé, lo de siempre.
Hay un elogio de la fractura en cada tramo, un universo de rupturas en cada paisaje, es lo único que veo desde hace tiempo: formas disonantes, fuerzas divergentes, mundos polarizados, una baraja de desavenencias en cada mano.
Por eso, cuando una débil línea teje los actos, cuando un delicado trazo dibuja un camino recto entre sus palabras y mis labios, el horizonte se hace coherente, y dejo de habitar los espacios cóncavos.
Es su risa la que penetra a lo largo de mi tibia y hace sólido el cuerpo extraño, le otorga la robustez de un racimo de columnas griegas, la inmutabilidad del movimiento de los astros. Hace lo improbable, que es deshacer el engaño, someter a tensión lo sobrante, hacer añicos lo exagerado, y dejar a parte los gritos, las culpabilidades y los discursos de tres carriles que siempre acaban en atasco. Y su calor deja un hueso liso y llano, limpio, transparente, de médula de titanio. Y sus besos suben como enredaderas a lo largo de ese marfil nacarado, dándole un nuevo músculo de cuerpo leñoso y rosas rojas. Es su nombre, su simple nombre, el que cierra la yaga, tapa el vacío, regenera tejido a lo largo de esa herida que cruzaba el cuerpo disociándolo. Ahora sus brazos se trenzan dulcemente en mi cuello, y siento por fin cómo las mitades vuelven a atraerse, queriendo ser una en un mismo espacio. Siento un corazón de mercurio cuando estoy a su lado. Todo gravita con absoluta perfección si entendemos por perfección el viento agitando el océano, el preámbulo de todas las noches de verano o el continuo galope de la arena de las dunas. Siento en cada abrazo que una espada atraviesa un muro algodonado, y se mantiene firme como si Merlín la hubiese encantado. Construyo ahora el deseo con el acero, y mi cuerpo a su cuerpo se ha imantado.
Comienzo así pues esta historia, que es la historia de cómo escribí su nombre en las cinco yemas de mis dedos. María, es lo único que tocan ya mis manos, María es lo único que tanteo en las noches de estos sueños, María es el tacto de toda superficie, la textura de todos los instrumentos.
A.Grado Cero es un tipo que sabe que los seguros cubren absolutamente todo menos lo que ocurre, pero que se deja engañar por el márketing que prodiga las cualidades nutritivas del Ketchup. No cree en fantasmas salvo en el de Billy Wilder y Pierre Klossowski. Lleva toda la vida queriendo comprar unas plantillas devor-olor y una ristra de ajos empaquetada en redecilla. Desearía saltar desde lo más alto y no morir. Desearía poder fumar en pipa y que los demás no se rían. Desearía decir muchas cosas, pero siempre que lo intenta, llaman abajo. Por lo general son los del butano.