2006/01/20
EsperA

De cómo fue la verdadera historia de Lord Wolfram y Lady Lardner y otro tipo de declaraciones durante una espera

 

 

 

El que camina un minuto sin amor,

camina amortajado hacia su propio funeral

 

Walt Whitman

 

 

 

El señor Sacks irrumpe en la conversación para ser citado mentalmente. Las manecillas del reloj son tan largas y afiladas que Wolfram piensa en trinchar el pavo con las horas y desgarrar con el minutero. La erótica simple de las sombras hace del plano diván un rumor acolchado. La erótica simple de las cosas marca todos sus paseos por la ciudad –ahora que lo piensa-. Y el asfalto se vuelve esponjoso y las fachadas se cuartean en un mosaico celular, como la tapicería de aquel Mercedes del abuelo. La erótica de lo simple no es lo mismo que la erótica de lo cotidiano, piensa mientras rasca con la uña el cuero del sillón como si fuera su propia piel. A lo cotidiano hay que sobrevivir mientras que lo simple es algo con lo que uno se puede perfectamente conformar. Lo cotidiano no nos pertenece, mientras que lo simple nos define.

El viento azota los sauces más allá de Libertyhall. La hiedra se come los viejos muros de la mansión. Todo queda bañado en una luz de invierno, de esas que vuelven plata lo dorado. Y es como si a su vida hubiese llegado la misma pátina del tiempo, dejando todos sus recuerdos labrados en un repujado, en un relieve que se esculpe desde atrás. La superficie es limpia, pulida, y las yemas de los dedos pueden desplazarse sobre los espacios abruptos de su propio temperamento, la esponjosidad de su anhelo, acariciar suavemente las hebras de la risa y sentir los ángulos viselados de todas sus experiencias. Las olas de mil mares mecen su infancia, la arena de todos los desiertos se vierten sobre la piel de las mujeres que ha amado, dejando una fina capa de polvo sobre los muslos y los hombros. Los gritos de un batallón de hombres tejen su desesperanza y trepanan el subconsciente, y la fruta de las islas, y los ojos de las gitanas, y los senderos estivales, y las brisas de las playas, y tres mil libros dentro de una maleta, esculpen cada uno de sus deseos y cincelan la fuerza vital de su ilusión.

Dice Quignard desde su Terraza en Roma: El amor consiste en imágenes que acosan el espíritu. A estas visiones irresistibles se suma una conversación inagotable que se dirige a un solo ser, al que dedicamos todo cuanto vivimos. Este ser puede estar vivo o muerto. Su filiación se halla en los sueños, pues en ellos no cuentan ni la voluntad ni el interés. Ahora bien, los sueños son imágenes. Incluso, para ser más exacto, los sueños son a la vez los padres y los amos de las imágenes. Y continúa: Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados viven suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie. Y más adelante: Proporcionar un motivo destruye el amor. Dar un sentido a lo que se ama es mentir.

Sobre la chimenea de la sala, una foto de un pájaro con pajarita.

Piensa en cómo termina la falda de la señorita Lardner a la altura de la rodilla. Un deseo tubular, que engulle de arriba a abajo. Que jamás admite pliegues ni ángulos, y que sobre la pelvis hace una leve mueca ondulada, liviana, superficial, esperando que se lea su forma y no su fondo, como cuando leía de pequeño los cuadernos y cada sílaba era acariciada por su dedo índice. Como la dulzura con la que un niño prueba la temperatura de la sopa besando la cuchara.

Y siente que el deseo y el amor nacen en la equis del mapa, envueltos en el vapor de una cafetera hirviendo. Tantos viajes a lo largo de las ciudades, tantos paseos a lo largo de los hilos, abandonando con el paso del tiempo la posibilidad de encontrar nudos para terminar aferrándose a la idea de tejer su propia trenza. Wolfram recapacita a través de los cristales. La ciudad a lo lejos se confunde con los regueros que dejan las gotas. La señorita Lardner ha ido al excusado. Wolfram aprovecha la ausencia para oler el polvo de la habitación y otorgarle más firmeza al nudo de su corbata. Las nubes plomizas no despejan su sensación de ingravidez, de ligereza. Desea ser delicado con cada uno de los objetos que reposan sobre la biblioteca. Auscultar un viejo cenicero de cobre y dejarlo exactamente en la misma posición en la que descansaba. Probar el norte de una brújula y devolverla a su lugar septentrional en el alféizar.

En su desplazamiento por la estancia ha dejado de calcular en metros para hacerlo en pulgadas, en micras, en leptones. No quiere hacer suyo lo ajeno. No está en su casa. No quiere dejar el más leve dibujo sobre el polvo amontonado del escritorio. Wolfram siente a través del cristal esmerilado de un quinqué cómo el momento le posee. Son las mismas lámparas del buque que le trajo hasta el puerto de Bournemouth. Nada se oye al otro lado de la puerta, es la primera vez que hay silencio dentro y fuera de su piel. El espacio se impregna de una seriedad que no sabe si es del todo placentera. Su ánimo echa el ancla. Los pies vuelven a posarse sobre el suelo. De repente todas las paredes tienen el peso del futuro. El suelo se cubre con un tapiz de decisiones personales, de una densa capa sobre la que desplazar la plúmbea sombra de uno mismo.

Wolfram conoce bien esas sensaciones. Las mujeres de los puertos de Marsella y Cefalonia le enseñaron que el corazón es como los frutos de los manglares que los marineros descargan cada mañana: rojos, pulposos, dulces cuando se estrechan entre los labios, carnosos al pasar por la garganta, infernales en la digestión. Wolf comprende que todas las relaciones tienen distintos tempos, y que lo difícil es que tu cuerpo se acople al compás de otro cuerpo.

Quisiera verla aparecer y ejecutar un minueto, que la habitación se convirtiese en el pequeño cofre del tesoro dentro de un gigantesco acuario, y que los colores de los peces se proyectasen sobre las paredes estucadas.

Pasa los dedos por el libro que lleva en el bolsillo.

Recuerda el sonido del barco roturando las aguas del canal, creando una brecha de vértice estrecho y cola infinita. Recuerda las aguas de estanques victorianos, los remansos en las praderas escocesas, las tempestades de los mares del norte, las cascadas del Orinocco, el agua dulce de las montañas alpinas, y adivina la belleza en lo proteico de las formas que adopta la misma sustancia. Y en algún punto del pensamiento el agua se transforma en espíritu. Y sabe, y dilucida, que quiere beber del manantial hasta saciar su alma igual que quiere beber del alma hasta saciar su sed.

– La única diferencia que hay entre la obligación y la creencia somos nosotros mismos  – piensa mientras se posiciona de perfil frente a un espejo de cuerpo entero.

– Mientras la obligación se posiciona a la espalda y te empuja, la creencia se coloca delante y tira con fuerza de ti.

  Y ciertamente, aunque ambos términos parezcan antónimos, divergentes, excluyentes entre sí, Wolf sabe que necesita siempre de la ayuda de ambos, desmintiendo la creencia popular de que un mismo ser no puede contener dos sentimientos tan contradictorios dentro de sí. Sabe que la bipolaridad tiene algo de telúrico, de fuerza invisible, de mecanismo mágico. – La misma lógica –piensa – dicta que si algo arrastra y algo empuja, el cuerpo ha de moverse.

Con el tiempo su figura ha ido tomando la forma del explorador, del hombre que visita los mundos no por afición, sino por esperanza. Jamás ha guardado una foto de sus viajes. Sabe que los tesoros no los puede guardar uno mismo, no puede apropiarse de ellos. Lo único que uno puede hacer es mantenerlos. El turista siempre intenta llevarse algo, arrancar la flor de su tallo. El viajero vuelve una y otra vez al mismo lugar para cuidar de la planta, verla crecer. Es la única forma – piensa – de que finalmente las raíces penetren en uno mismo, y ser el nuevo recipiente donde todo vuelva a nacer.

Su ánimo se inquieta al oír una puerta cerrarse al otro lado del mundo. La inminencia es como un duelo con uno mismo, siempre llega el momento en el que tienes que acabar con la parte menos racional de tus sueños. Y sin embargo Wolf dispara imaginariamente al cuerpo que duerme, no al que sueña. You can buy the spleep but not the dreams. Justo cuando el picaporte gira, oye el balazo en su interior. Retumba. El proyectil destroza el cántaro platónico, se sumerge y emerge en ambos lados de una arteria, juega y zigzagea entre las costillas, serpentea a lo largo de su cuello y termina alojándose en la lengua. La puerta termina de abrirse cuando Wolf retiene en un mordisco la bala de plata. Si no hiciese fuerza con las mandíbulas está seguro que la metralla acabaría hundiéndose en el pecho de Miss Lardner.

 

– ¿A qué debo el placer de su visita?  – pregunta Miss Lardner

   Wolfram deja de hacer fuerza con el maxilar y la bala cae en su mano enguantada. El peso sobre la palma le infunde valor. Fija la mirada en los ojos de ella. Algunas pecas se arremolinan en sus pómulos. Se acerca y sus labios acarician la barbilla de ella. Su boca se desplaza lentamente hacia la oreja. Sus mejillas se juntan. No hay nada que pueda parecerse al contacto de la piel entregada, ni temperatura más equilibrada que la de dos cuerpos hechos uno. La habitación se sumerge en un estaque verde-azulado, lleno de peces que liban flores. Lentamente, con la serenidad con la que la escarcha va derritiéndose con los primeros rayos del sol, Wolf le susurra al oído:

        Desearía que reinases junto a mí, toda Babilonia.


Posted at 06:39 pm by agradocero
Quizá quieras decirme  




2006/01/15
STAR.T

Comienzo esta página con frío, con la sensación de haber estado mucho tiempo con el lomo al aire

Posted at 04:59 am by agradocero
Alguien (1) dijo  




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A.Grado Cero es un tipo que sabe que los seguros cubren absolutamente todo menos lo que ocurre, pero que se deja engañar por el márketing que prodiga las cualidades nutritivas del Ketchup. No cree en fantasmas salvo en el de Billy Wilder y Pierre Klossowski. Lleva toda la vida queriendo comprar unas plantillas devor-olor y una ristra de ajos empaquetada en redecilla. Desearía saltar desde lo más alto y no morir. Desearía poder fumar en pipa y que los demás no se rían. Desearía decir muchas cosas, pero siempre que lo intenta, llaman abajo. Por lo general son los del butano.











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