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Era difícil saber dónde acababan sus patillas y empezaba el pelo del pecho, parecía Willy Fog el muy cabrón. 80 días nada más para dar la vuelta al mundo, en barco, en elefante, en tren, ven, con nosotros ven. Se preguntó si el estribillo cabría en una chapa. Quizá en una chapa del tamaño del posavasos, quizá tatuado en espiral sobre los pezones de la camarera, eructó. Metió el dedo hasta el hombro para remover el Gin y luego se lo chupó hasta el codo. Puso la boca así, como si fuera a beber. Y bebió. La barra estaba lacada, como todo mobiliario de último lustro. Mesa lacada, sillas lacadas, puertas lacadas, pollas lacadas. Todo falsamente macizo, todo deslumbrante hasta que descubras que el futuro no vendrá a la barra de este hotel porque esta vez se fue con él. Nadie sabe con quién, lo único de lo que estaba seguro es que el futuro no vendría. Eso suponía suficiente tiempo como para acabar con todo lo que tenía cuarenta grados detrás de la barra. Una mosca atusándose el alero. Como preocupada por repartirse homogéneamente la mierda. Intentó cazarla pasando la mano rápidamente sobre ella, cuando se le escapó intentó cazarla al vuelo, luego se volvió a posar e intentó golpearla como a una chapa en el patio del colegio, y luego intentó dejarla encarcelada dentro de un vaso de tubo. La infructuosa cacería duró tres semanas, medido en tiempo mosquil (hostias, word acepta la palabra mosquil, sin subrayarla en rojo ni acentuando tu ineptitud prosaica. Ineptitud tampoco la subraya, pero me la pone en versalitas, verde flúor y con iluminación estroboscópica). Se echó unos dardos mentalmente. Todo triples. También se jugó mentalmente un billar y metió la negra sin querer. Dos chicas guapísimas al otro lado del bar, tan lejos como de aquí a Lima. Se las oye hablar de un Paco, de un Jose, de un Julio y de un agosto. Tienen dos paquetes de Nobel, una taza seca de café y un vaso con hielo y laminilla de limón. Tienen toda la vida por delante y muchas navidades para engordar. Entorna los ojos, le parece que una de ellas tiene la cabeza jodidamente desmesurada. Cuando certifica que es así, deja de mirar porque le da vergüenza. Se mira los nudillos, los pelos del brazo y se toca el bíceps sacando bola. Hace como que se rasca el sobaco para que el olor se quede en los dedos. Hace como que se rasca el bigote para olerse los dedos. Hace como que se rasca la barba, el mentón y el cuello, para obtener un óscar a la disimulación. Parece que suena Patty Smith. Es imposible, Patty Smith no puede sonar en ningún lado que tenga más de un foco de luz, y el puto bar tiene treinta halógenos por metro cuadrado. Mira al monstruo de cabeza desproporcionada de refilón. Aquello va en aumento. Se dirige al baño con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Mientras mea lee: "mamón, quisiera serrarte el cúbito" sobre un azulejo. Se lava las manos y sale con ellas mojadas, haciendo aspavientos para que se sequen y para que todo el mundo vea que se las ha lavado. Se sienta y se las seca en el pantalón. Todo forma parte de una pantomima que hace tiempo que no se revisa ni se actualiza. Pide otro Gin. Es el sexto. Le gustaría anotar lo que ha leído en el baño, pero nunca tiene ni papel, ni boli, ni demasiadas ganas, ni inspiración, ni palabras, ni esperanzas, simplemente le gustaría escribir una buena historia algún día, una historia de esas con pistoletazo de salida, como una carrera de fondo, una historia simple, blindada, absoluta. Muere antes de que el hielo le toque el labio superior. Cae fulminado golpeando la mandíbula contra el bisel lacado. Su corazón explota. Así de simple, así de llano. Y su cadáver queda tendido entre palillos y servilletas. Hubo una vez una historia más triste. Trataba sobre un niño, un balón, un pozo profundo y oscuro, no sé, lo de siempre. |
| anah April 1, 2008 01:30 AM PDT aaaaaaaaaaghhhhhh¡¡¡ cabron cada dia me haces leer más rapido tu blog y tus textos como akella que busca rápido el orgasmo... Cada dia mejor, potente, autentico, da pellizquito y eso... mola¡¡¡ | ||
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