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La fábula del enemigo doméstico no es fácil de contar, sobre todo ahora que hay luz eléctrica y los niños duermen con dardos paralizantes en sus semiautomáticas de plástico recortado. Se tiene que contar a pesar de que la claridad aceche desde los códigos de barras y de que del hilo musical lleguen los aullidos del verano. El enemigo doméstico es un enemigo natural y por ello incierto. Un terror de primavera, una sombra al otro lado de la calle 42 que se atisba a través de unas lamas rosáceas donde se acumula el polvo de toda Minnesota. El enemigo doméstico duerme en las fechas de caducidad, en los enchufes deslabazados, en el cuarto peldaño astillado, en las llamadas nocturnas, en las cuchillas de afeitado. Silba un segundo antes de aparecer y tras de sí deja los oídos taponados. El enemigo doméstico es denso y viruláceo, como el gel verdoso sobre el suelo del baño. Es el antagonista de las mañanas de zumo de naranja y mujer con albornoz algodonado. Interrumpe las siestas de olor a lavanda. Taladra el cráneo apeluchado del osito Winnie. Oxida el chupete de tu niño. Hierve el agua, rompe el grifo, centrifuga a velocidad de espanto. Muere el gato, desenrosca tornillos, mueve bisagras, asa el pato. Si quiere, es del color del butano. Afila alfombras, rompe muelles, quiebra espejos, cabe dentro de un vaso. Si quiere, puede adoptar la forma del vecino de abajo. Si quisiera, podría tener hasta cuarenta pollas y tres mil dientes. Se cuela por el quicio de las puertas como el humo de un incendio no silenciado. A veces lo traes de la calle, junto a la mierda en los zapatos. Penetrar es su verbo, el sigilo su discurso, lo inmortal su naturaleza, el filo su silueta, sus ojos tus ojos, la herida su trono y la agonía su politono. Se vertebra leñoso, amenazante, como si las raíces de una higuera emergiesen bajo tu cama. Se levanta como un insecto, como un hombre disfrazado, como un filamento que rompe el aire y en un zigzag te ha desnudado. Nace en la miseria de los hombres, de su empecinada voluntad por seguir vivos, como si ningún Sileno gobernase el mundo, como si no hubiese fin para tanto desdichado, como si no hubiese más horcas para tanto cuello huesudo, ni más navajas para tanta vena, ni más pastillas para tanto píloro dilatado, ni más pistolas para tanto seso blindado. Como si no hubiese muerte más allá de la vida sino más vida y más vida, salvo por una avecilla que canta el albor y que la mata un ballestero al que se le da un galardón. Enemigo doméstico, animal salvaje, entre las latas de Fanta, lamiendo el blíster de las pizzas de Casa Tarradellas, sumergido en las breves piscinas densas del paté La Piara, adueñándose de todo el glutamato. Anidado entre las cedras del cepillo de dientes, junto al moho, la carne y el Colgate. Colgando como una araña del marco de la ventana, plano y vil entre los lomos de los libros de poesía de experiencia de inexperiencia. Todo el universo cotidiano dibuja una palabra que se ve desde la luna, como la muralla china y las minas de Río Tinto, una letra en cada meridiano, con pulso de temblor se advierte PELIGRO. PELIGRO es la palabra inútil que domina el globo terráqueo, PELIGRO es la dominación, el PELIGRO es subyugante, PELIGRO rezan los altares, PELIGRO flotando sobre un océano de MIEDO, PELIGRO en el embrague, PELIGRO en el tabaco, PELIGRO en las aceras. El enemigo doméstico es como el gusano de Dune, y ha ido tejiendo galerías hasta escribir el vocablo. Haciendo su madriguera en el punto de la i, un túnel ramificado que llega hasta el centro de esta pelota azul y verde y acero. El enemigo doméstico está en tus calzoncillos, amigo. Está en tu maletín del trabajo, en tu Viagra, en Telecinco, en la albóndiga de tu abuela, en tus huesos de titanio, en el péndulo del reloj que domina el salón, en tu novia, en tu hermana, en el carbohidrato. Pero esperad, aún la fábula no os la he contado. Dicen que se reunió un ejército de hombres, gentes del sur y del Pacífico, gigantes de las montañas nevadas, perros de las estepas siberianas, lanzas con las puntas fraguadas en los hornos de Vulcano. Hombres robustos del norte, con el corazón como tabaco de mascar, hombres que habían nacido de árboles, hombres que no necesitaban agua, hombres que no llegaron ni pronto ni tarde, sino en el momento justo en que no había nadie. Dicen que el ejército lo encabezaba un minotauro melancólico, un ser al que guiaba la luna, con la cornamenta hecha de diamantes opacos. Destruir al enemigo doméstico era su misión, era por lo que aullaba a la noche y encabezaba el batallón. Y al atardecer del sexto día, el enemigo relampageó. Como un mechero Bic, como una linterna de un led, como esa lucecita intermitente y roja que brilla en mi Ford Fiesta y que parece un antirrobo pero en realidad no engaña a nadie. Emitió cuatro hondas cortas, como un morse de advertencia, como un faro que dice mira-no-te-acerques-que-van-a-llover-hostias. Los hombres se quedaron parados, pues esperaban fortalezas de amargura, océanos de dolor, mil infiernos de tragedia, enjambres de manadas de estampidas de marabuntas de tormentos. Y sin embargo una luz, una pequeña luz, como la del stand by de mi televisor, como la que parpadea cuando cargo mi IPoD. Sólo el comandante reaccionó, dirigiendo sus cuernos hacia aquel pequeño atisbo de presencia. Sus pezuñas se clavaban sobre la tierra con la fuerza de mil bueyes, y corriendo se perdió en la espesura de la noche. Nadie jamás volvió a ver a aquella fuerza de la naturaleza. Pero yo estoy seguro de que fue ese hijo de puta el que me robó el Ford Fiesta.
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