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A Juanito las mates no se le daban. Quiso acabar con esa repentina impaciencia que le da a los jóvenes y que les impide resolver ecuaciones de tercer grado.
Es por eso que contaba las vueltas de la noria en las fiestas de su pueblo, sumaba y restaba constantemente el ganado que pasaba frente a su casa y dividía por cuatro los polvos que decían que habían echado los del pueblo de al lado cuando jugaban en el frontón al fútbol. Entre recoger la uva y los números de uvas, racimos, vid y viñedo, entre comprobar una y otra vez a Fibonacci en los pétalos de margarita, entre saber que entran dos pero salen tres, se le fue todo el verano.
Cada cual tiene su despertar a la madurez. Y la madurez de Juanito llegó en un 2 por 3. Y no por que supiese de integrales al final del estío, ni siquiera porque hubiese desvelado el secreto a gritos de que la cooperativa comarcal exportaba a unos precios de risa. Fue porque folló. Folló como nunca antes había follado con su mano. Folló con Lidia en las eras y el descampado, folló en el parque y en la cocina, folló con la desmesura del que no se siente en deber ninguno. Folló oyendo respirar al suelo con sus hormigas y sus malas yerbas, folló en los bancales que escalonan las montañas, folló con gritos a lo largo del valle y silencios que dejaban escuchar todo lo que dos montañas pueden decir. Folló en esas tardes de río y sombra, folló después de comer con el sol haciendo hervir las jaras, folló con el dedo en el único billar del pueblo, folló con el primer vuelo del murciélago en las tardes de aquel verano.
Folló viendo pasar cifras, calculando distancias y sabiendo que los espasmos al correrse siempre dan números primos.
Juanito folló hasta sacar un 10 en matemáticas. Y cuando al preguntón de la clase le dieron la misma calificación, hizo un pequeño paseo triunfal del pupitre a la puerta, con su polla por delante, contando los pasos en metros, las pulsaciones de su corazón en su camiseta y los centímetros que se abultaban dentro de su bragueta.
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